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Viernes, cinco de la madrugada.
Discuto con un amigo la conveniencia
de ejecutar cambios en
la plaza Rovira para que el digno
señor de bronce tenga un compañero
de charla. El espacio lo
propicia. Enrique Vila-Matas habló
de sus constantes dualismos,
perfectos salvo por la omisión de
otra escultura que equilibre la
balanza y fulmine la soledad del
hombre, pasto de locos y palomas,
que ganó el proyecto de reforma
del Eixample hace ya más
de 150 años. Rovira no dice ni
por ahí te pudras, es silencioso e
ignora la realidad adyacente a
sus dominios, repleta de pequeñas
trampas que suelen pasar inadvertidas
hasta que la repetición
ejerce su maléfico influjo y
sitúa en el mapa rarezas que claman
atención en su misterio.
Abandonamos las farolas, dejamos
atrás la droguería del crimen
de Carmen Broto y saludamos
al invisible Marsé,
omnipresente en el espacio,
como si el lugar fuera suyo y nosotros
unos simples peleles, peones
de un tablero, marionetas
que para dar con la libertad deben
tejer redes propias, ganancia
de pescadores que sólo intentan
entender su entorno.
El barco se para cada noche,
poco antes del abrazo con Morfeo,
en Providència 77, una fachada
lúgubre que intriga a mi
amigo desde hace más de medio
siglo. El edificio tiene una concepción
arquitectónica sobria,
casi racionalista, con ventanas
sin adornos que emanan pavor
por sus barrotes. La geometría
proporcionada del asunto, aséptico
en las paredes, daría para
muchas elucubraciones, pero lo
importante está en el acceso. Ya
saben. Las puertas de los inmuebles
suelen tener un interfono. El
clásico posibilita contactar con
los residentes llamando a su
piso. En el caso de la anónima
mansión que centra nuestras
pesquisas sólo hay un timbre general
que incita a sospechar la
existencia de un portero en el interior,
amo de llaves del palacio
donde el común de los mortales
tiene vetada la entrada al portal
marrón ardilla con un pomo dorado
que nadie franquea, al menos
a la vista de los demás. Ese
punto apabulla. ¿Quién vive en
Providència 77? Cuando el Papa
de Roma visitó Babilonia colgaban
banderas vaticanas. Por lo
tanto, ya sabemos que alguno de
los habitantes de la casa cree en
el Dios católico con ardorosa devoción.
¿Y qué? Podríamos pasarnos
días enteros vigilando.
Nuestra desesperación crecería
por el vacío absoluto y la impotencia
de la nada. Unos opinan
que la clave está en una salida
trasera oculta a nuestros ojos.
Otros comentan que es una residencia
religiosa que lleva en el
más profundo de los secretos sus
actividades. ¿Una secta? ¿Una
conspiración judeo-masónica?
¿Un selecto club de albañiles
ayurvédicos? ¿Un prostíbulo enmascarado?
¿El refugio de Batman?
Emoción, intriga, dolor de
barriga.
Este texto es un esbozo de investigación.
En ningún momento
pretendo descifrar la verdad
porque carezco de información
para acometer el reto. A veces
me paro en el badulake que está
enfrente y compro un Aquarius,
la bebida de los campeones. Seguro
que el humilde pakistaní,
entregado propietario de su negocio,
conoce datos de vital trascendencia
para aclarar el entuerto
de esos imponentes muros
que desafían la rutinaria dinámica
de la ciudad, donde la mayoría
de individuos nacen, crecen,
se reproducen y mueren en la
normalidad de unas habitaciones
que a nadie preocupan por
carecer de un destello que las diferencie,
almas contentas, o resignadas,
que desarrollan sus tareas
cotidianas con la forzosa
naturalidad que implica empaparse
de aire contaminado y
mezclarse en el bullicioso marasmo
urbano.
El método para averiguar el
enigma es simple. Basta con tener
conocidos que se dediquen a
la abogacía o tengan contactos
en el registro de la propiedad,
accesible para todo hijo de vecino
que quiera esforzarse y acudir
a consultar planos. No lo hago
porque seguramente quiero sentirme,
las frustraciones infantiles
son lo peor, un Sherlock Holmes
a la catalana y especular con el
extraño bloque del privilegio.
Providència 77 es una metáfora
de nuestra época, donde los poderosos
actúan en la superficie
sin ser atisbados por ojos que
padecen la miseria de cruzar los
brazos al no poder atentar directamente
contra los cínicos que
impulsan la mierda que siempre
más impregna nuestras carnes.
Ellos están entre nosotros y marcan
sus cartas con símbolos,
fronteras impenetrables al alcance
de una mano que, sin embargo,
acata la prohibición de no
tocar la fruta prohibida en un
mundo que nos transforma en
visitantes de un museo que desmiente
la igualdad.
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Dibuixos: Nil Bartolozzi // bartolozzinil.blogspot.com
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