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GRIPE FUTBOLERA
Mientras las farmacéuticas hacen el agosto
con el pánico a los mejicanos, en Barcelona se
vive una auténtica fiebre futbolera. Por un
lado, el RCD Espanyol, dado por muerto, no
para de encadenar victorias que lo salvan del
descenso, por el otro, el Barça se mantiene en
la cresta de la ola tripletera. Además de manera
insólita: sin ningún crack brasileñño. Si acordamos
que la historia no es un fetiche y se revisa
atendiendo a los últimos acontecimientos,
observamos cómo el Barça de Laporta no se
basa en sus fichajes (Van Bommel, Hleb, etcétera),
sino en la labor de los antaño demonizados
Joan Gaspart y Louis Van Gaal. El primero
fichó a Iniesta y Messi, y el segundo los
hizo debutar a tierna edad, así como entregó
la manija del equipo a un jovencísimo Xavi y
subió al primer equipo a un Puyol que era suplente
en el Barça B de Juan de Ramos.
ELECCIONES EUROPEAS
La idea de Europa es una idea de Hitler que
Estados Unidos recicló para su causa tras la 2ª
Guerra Mundial. La pasividad soviética, encabezada
por Molotov, permitió que se ejecutara
el plan George Marshall, pasando una gran
parte de las naciones europeas a convertirse
en anticomunistas practicantes y defensoras
del Imperio estadounidense. La verdad es que,
aparte de eso, Europa es la potencial comunidad
política menos uniforme del mundo. Con
diferentes religiones, con guerras constantes
en su historia, con maneras distintas de ver la
vida. Todo esto, la gente lo sabe. De esta forma,
durante estos días previos, asistiremos a
los maquinistas de la moral políticos acusándonos
de estar “poco implicados en Europa”.
Nuestro lector, ese hastiado guiri nostálgico
de la peseta, no votará, ya sabe que la Unión Europea no es sino una unión de mercaderes
comandados por la burguesía alemana.
NO HAY VERANO SIN GRILLO, NI HORTERA SIN AMARILLO
Decía Walter Benjamín que uno sabe a ciencia
cierta si asiste a una oleada de nazismo en
cuanto se empieza a armonizar la vida pública.
En Barcelona contemplamos con alarma
esa tendencia. Recordemos que este año el
Tour de Francia – sí sí, he dicho Francia – pasará
por Barcelona. El alcalde Jordi Hereu, en la
línea del Ajuntament de Barcelona de aplicarle
ornamento a todo, comentó días atrás:
“Queremos que una ola acompañe a los ciclistas
por la ciudad para que el color amarillo del
Tour de Francia se vaya expresando y moviendo
gracias a los ciudadanos de Barcelona”.
Para conseguir este efecto, el Ayuntamiento
repartirá cartulinas a todos aquellos aficionados
que se acerquen a ver la carrera. Así estamos.
Uno se imagina un futuro en el cual el
Ajuntament saca una ordenanza que obliga a
la gente a salir a la calle a cuatro patas, mientras
que la prensa debate si de cara a dicha
postura es más cómodo llevar falda o pantalón.
EL CASTELLANO, ARRINCONADO EN CATALUÑA
El año pasado el castellano adelantó al inglés
en el total de hablantes en el planeta. Sin embargo,
si en algo coincidían Zapatero y Rajoy
en el debate electoral televisivo era en aumentar
las horas del inglés. Por otro lado, tanto en
el País Vasco como en Catalunya cada vez se
da más la espalda a todos esos millones de hablantes
en castellano en pos de las lenguas
maternas inoperantes. Los motivos. Están claros.
El imperio anglosajón depredador dominante
ha impuesto una serie de leyendas negras
sobre otros Imperios que le pudieran
hacer sombra, como el soviético o el español.
Ya sabemos que el Imperio Español era increíble
en comparación con los métodos coloniales
capitalistas de Estados Unidos: no se permitía
dejar dinero con intereses, se ponían
bibliotecas y universidades, etcétera. Es por
eso mismo por lo que, en torno a una ideología
protestante matapobres, parece más noble
que nuestros hijos vayan a estudiar a Heidelberg
o Harvard para acabar trabajando de
directivos de una multinacional estadounidense,
mientras que no parece problemático
olvidar el castellano y con él a 500 millones de
trabajadores de tradición guerrera. Ese es el
auténtico leitmotiv de cargarse la tercera hora
de castellano: convertir el planeta en una horda
de naciones incomunicadas impotentes
ante la burguesía capitalista anglosajona.
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