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LESSON 7: Allá donde fueres, haz lo que vieres (Epílogo)
by Judith Alarcón Bardera |
Darlings! ¡Esta menda ya ha regresado a
Barcelona! Algo decepcionada por no haber
divisado a ningún fan fatal de mi columna
a mi llegada en autocar a l’Estació
del Nord, pero comprendo que os sintierais
intimidados ante la idea de que vuestra
ídola os hiciera cargar con sus maletas
hasta su domicilio. Y hubiera sido así, para
qué negarlo. Tengo la mano larga para el
abuso de confianza.
Después de 4 meses rodeada de anglosajones
por doquier, la primera toma de
contacto con la people ibérica en su salsa
fue de los mejores recuerdos que conservaré
en mi hipocampo. Nada más salir del
Aeroport de Girona, Costa Brava, (y sí, soy
lo suficientemente cutre como para viajar
con una de esas compañías low cost que
te obligan a exprimir tu ingenio al máximo
para hacer pasar 25 kilos de equipaje
por 15) me dirigí hacia la estación de autobuses
para descubrir con regocijo el espectáculo
de los spanish conductores
echándose a suertes a quién le tocaría realizar
el próximo viaje a Barcelona.
Sin la más mínima intención de simular
profesionalidad, allí estaban los 4 ó 5
conductores sentados en un banco frente
al bus, fumando como carreteros, comentando
el fútbol a grito pelao y soltando
chascarrillos a cuál más soez. Como si estuvieran
de cháchara en cualquier bar de
Bellvitge.
Casi me corro del gusto.
Cuando alguien osaba interrumpir su
sagrado descanso para preguntar cuándo
salía el próximo autocar, alguno de ellos
apagaba su colilla en el suelo, soltaba un
“en 10 minutos, más o menos”, echándole
una ojeada al reloj de pulsera de bazar –regalo
de la parienta por el veinte aniversario
de boda–, y continuaba una disertación
sobre el paro y la crisis de Zapatero
con los colegas como si 10 minutos fueran
2 horas, encendiendo otro cigarrillo para
dejarle claro al viajero preguntón que no
por mucho preguntar se podría ir más
temprano.
Con 5 minutos de retraso sobre la hora
marcada en los horarios de la compañía,
otro se levantó y se colocó los huevos en su
sitio; donde yo vi un acto reflejo masculino
en realidad se escondía un gesto de resignación:
le había tocado hacer el trayecto.
Ni corto ni perezoso, pegó un alarido
para anunciar que había llegado el momento
de partir hacia nuestro destino.
Hasta que no hayáis vivido esos momentos
de alud al intentar dejar vuestros
bultos en el maletero de un spanish autobús
no sabréis lo que significa la lucha por
la supervivencia.
El resto del viaje, pues... radiofórmula a
todo trapo y algún que otro frenazo seguido
por un “mecagoendiosquenovesquetienesuncedagilipollas”.
Todo amenizado
con la banda sonora de las conversaciones
ajenas, que los nativos más bien tendemos
a turn up the volume sin miedo a que los
demás oigan nuestras intimidades. God
bless la sangre latina.
Estos detallitos impresionaron muchísimo
mis sentidos, desde hacía meses aletargados
por el polite behaviour inglés. A
las 6 de la mañana de la misma jornada
me las tuve con los conductores de autocar
ingleses, o sea que en un mismo día se
me obsequió con el regalo de vivir dos experiencias
análogas que no podían ser
más distintas.
Cuando llegué a la estación londinense
de Victoria, puntual (que algo se me tenía
que pegar en 4 meses), el conductor ya estaba
esperando dentro del autocar y ayudó
a todos y cada uno de los pasajeros a
colocar sus respectivos equipajes en el
maletero, con la ayuda de uno de esos mozos
de empresa que dan información a los
guiris despistados. El viaje fue tan tranquilo
y soporífero que, por momentos, incluso
me dio por especular desde el delirio
si no habíamos tenido un accidente
fatal y estábamos viajando en plan espectros
hacia el limbo de las almas.
Fin del trayecto, sin incidentes ni accidentes,
ni retrasos, ni charanga ni pandereta.
Ahora buscad las siete diferencias.
Conclusión: “La gripe nueva ésta del
cerdo es un invento del negro de América
y Zapatero, que nos quieren despistar de
las crisis y los paraos”. Conductor nativo
anónimo dixit.
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