BCN WEEK | Barcelona's Alternative Newsweekly
Vol 1, No 95 | March 17, 2011

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Illustration: Sergi Bellver

Bajo la tormenta

La literatura, paraguas contra la intolerancia

by Sergi Bellver & Juan Soto Ivars

La escritura es una forma de no bendecir la realidad, de cuestionarla. Con la literatura el ser humano hace lluvia y hace vida cuando dice lluvia y dice vida, pero a lo largo de los siglos demasiados escritores han tenido que empuñar un paraguas ingrato y difícil, cada vez que la intransigencia les ha obligado al silencio. La censura y la intolerancia son tan antiguas como nuestra civilización, pero tal vez desde el siglo XX hayan dejado de manera más sangrante su oscura huella. La lista de escritores que, bajo un régimen autoritario de cualquier signo y por sus obras e ideas, han sido censurados, encarcelados, desterrados o asesinados parece, por desgracia, interminable. Las dos grandes ideologías antagonistas que llevaron al mundo al borde del colapso a mediados del pasado siglo arrollaron con todo su aparato represor a una constelación irrepetible de escritores, especialmente en lengua rusa y alemana. Pero la infamia es universal: también en otras latitudes y bajo la misma clase de totalitarismos perecieron autores como el japonés Takiji Kobayashi o, en épocas posteriores, artistas como Gao Xingjian tuvieron que dejar la China comunista, por no hablar de los escritores bajo el yugo islamista radical. En nuestro país, poetas como Lorca o Miguel Hernández cayeron bajo el águila franquista, que expulsó de su nido a toda una generación de escritores. Los exiliados contribuyeron a la expresión literaria en otros lugares, sobre todo en América Latina, donde más tarde también iban a sufrir, un golpe militar tras otro, los propios autores hispanoamericanos: entre tantos, Neruda apenas fue capaz de sobrevivir a Allende y Rodolfo Walsh de evitar las balas ultraderechistas. Cabrera Infante, apartado de Cuba por el régimen de Castro, escribió en un artículo que “la nostalgia, como el exilio, mata”. Lo decía en 2002, en la revista Letras Libres, a propósito de Joseph Roth, de Stefan Zweig y de decenas de escritores prodigiosos que tuvieron que dejar su país (aquella patria desmantelada que fue el imperio austrohúngaro) para acarrear consigo una carga insoportable de vacío. Mientras huía de los nazis, el gran Walter Benjamin no se dio tiempo a sí mismo para esa melancólica agonía y murió en Portbou en 1940, al otro lado de la misma frontera que cruzó Antonio Machado, también huyendo del horror para morir en Collioure. Nunca como en aquellos años la literatura fue un paraguas tan frágil para resistir las tempestades de la ignorancia y el odio.

Sin embargo, salvo casos como el español y hasta su rebrote de los 70 en el Cono Sur, la pesadilla fascista (que también en Italia causó estragos, como sabrían Cesare Pavese y tantos otros) tuvo en Europa fecha de caducidad, mientras que el rodillo soviético prevaleció, alimentado por la Guerra Fría (del otro bando, conviene no olvidar la “caza de brujas” en los EE.UU.). Durante décadas, autores tras el telón de acero vivieron un acoso constante. Sándor Márai o Bohumil Hrabal son sólo dos ejemplos. Con todo, sería en la URSS donde la tragedia silenciosa cobraría dimensiones casi bíblicas. Pocos casos tan sobrecogedores como el de Anna Ajmátova. Y pocos testimonios tan lúcidos y desgarradores de la barbarie ideológica como Archipiélago Gulag, de Aleksander Solzhenitsyn. Viktor Shklovski, Boris Pasternak, Vasili Aksiónov, la nómina es extensa y abarca varias décadas, aunque fue en las primeras cuando la Revolución castigó con mayor virulencia el talento y la disidencia. La tormenta que destruyó los tejados de los artistas bajo la nube de Stalin se resume en la página 66 de La mentalidad soviética,el libro en el que Isaiah Berlin da cuenta de sus reflexiones y encuentros con escritores rusos durante los años cuarenta: “Unos se amoldan a nichos seguros porque creen en los preceptos soviéticos. Otros se aplican en calcular cuánto pueden ceder a las demandas de propaganda del Estado prestando sumo cuidado en no ofender y dándose por satisfechos con poder vivir y trabajar sin recompensa ni reconocimiento”. En la estela de los segundos conmueve especialmente la historia de Mijaíl Bulgákov. Cometió un pecado: “No escribo sobre campesinos porque no me gusta el campo, y no escribo sobre obreros porque no conozco su mundo”. Peligrosamente burgués, Bulgákov escribió Corazón de perro, una queja, en clave de ciencia-ficción grotesca, contra la obligación de compartir casa con obreros que, por la falta de viviendas, acució Moscú con el éxodo campesino. Mordaz y confiado, durante los años veinte Bulgákov cavó su propia sepultura con obras teatrales y relatos cada vez más cáusticos con el idealismo soviético. Hasta que el propio Stalin le prohibió seguir publicando o representando sus obras y también salir del país. Podía escribir, podía vivir, pero estaba enterrado.

Con Bulgákov jugó Stalin un tira y afloja especialmente espantoso, puesto que su obra teatral La guardia blanca tenía el dudoso honor de ser una de las favoritas del dictador. “Va usted a hablar con el Camarada Stalin”, dijo una voz telefónica en mitad de la noche. Bulgákov había pedido personalmente a Stalin que le permitiera abandonar la URSS. La carta decía algo así como “puesto que tengo la desgracia de no servir a la causa, de escribir libros y dramas que hacen flaco favor a nuestro gran proyecto, le suplico que me deje abandonar el país. No quiero jugar, jamás, en nuestra contra”. Escribiría más tarde en su diario que la voz de Stalin sonó benevolente. Le preguntó si estaba seguro de que quería salir del país. Acobardado, desconfiado, Bulgákov le respondió que no. Se arrepentiría en el acto de su flaqueza, y pasaría el resto de sus días como empleado de tercera en pequeños teatros moscovitas. Su obra, siempre tras el telón. El maestro y Margarita,una novela en la que el demonio aparece en Moscú y pone patas arriba la Revolución, es la más conocida. En ella, una frase resulta paradigmática de los escritores destruidos por la censura: “los manuscritos no arden”. Para demostrarlo, nuevos relatos de este maestro han aparecido en nuestro país: los de Notas en los puños(acompañados del drama Iván Vasílievich) en la editorial Alfabia; la colección Salmo y otros cuentos inéditos, reunidos por Nevsky Prospects; y Corazón de perro y La Isla Púrpura,en un volumen de Galaxia Guttenberg que incluye partes de su diario y de su carta a Stalin. La Historia “absuelve” a los verdaderos artistas y no, como auguraba para sí mismo Adolf Hitler en su infame Mein Kampf, a los criminales.

El paso de los años termina por convertirse en el verdadero paraguas para la obra de los escritores que murieron ahogados por el diluvio de las dictaduras. Pero hoy, en este tiempo de tibieza y autocensura, bajo este régimen global solapado en el que la literatura parece amordazada por lo políticamente correcto (los biempensantes se han convertido en los nuevos jueces supremos, que pontifican si leer a Céline o a Hamsun es o no de mauvais ton), cabe preguntarse dónde quedan aquellos escritores audaces, dónde su compromiso con la verdadera libertad de pensamiento. Solzhenitsyn, una vez fuera de la URSS, criticaría también los desmanes del capitalismo. Y es que hoy, ante esta producción editorial en serie con aroma de hamburguesa y pollo frito, ante este recetario sin ideas y de menú infantil, bajo la nueva esvástica del código de barras, toca cuestionarse más que nunca contra qué tormenta deben abrir los escritores su paraguas, dónde hacen ahora lluvia al decir lluvia, cuándo vuelven de veras a hacer vida al decir literatura.

 

Sergi Bellver (Barcelona, 1971) ha editado el libro Chéjov comentado (Nevsky Prospects), participa en la antología La banda de los corazones sucios (Baladí) y colabora en el suplemento Cultura|s de La Vanguardia y la revista Tiempo. sergibellver.blogspot.com

Juan Soto Ivars (Águilas, 1985) escribe en la revista Tiempo y en el magazine Ling, de la aerolínea Vueling. Publica una en por entregas en la revista Yorokobu. Su primera novela llegará en otoņo a las librerías. facebook.com/juansotoivars

Horny Pigeons

by Jamie O’Beirne

I once had a girlfriend who just happened to be named after the most destructive hurricane that ever hit my hometown. When we first met, we used to drink too much and take our clothes off and I still think that’s a decent way to run a relationship. I remember that I took her to the cemetery one time and she said that no one had ever taken her to a grave on a date. I told her that I was so happy that I wanted to join a cult and she said that I made death so much fun that he wanted to live with me for hundreds of years. It was great.

But then we started to drink too much and get into fights until I decided that lust and jealousy are pretty much the same emotion – the way that whiskey in a bottle is pretty much the same as whiskey vomited into a toilet, aside from the stomach mucus.

I told her one time that fire-dancers and onion rings and documentaries about the Kingdom implosion were the only thing that I really cared about. I told her that there was always a good mosh pit when I was depressed and that I didn’t need her. I told her those awful things.     

Damn you, she said to me in a soft voice

We had a conversation like that one evening walking down Torrent de l’Olla to a surprise party. We had come up with all kinds of ideas, saying that to properly throw a surprise party you had to sneak up on the place so that no one in the whole town knew what was going on. We had crawled down parts of sidewalks and hid behind cars and ran in the streets. It was great. It was cold outside so we swapped coats and pretended we were in Edinburgh. She was carrying a bag of broccoli that she said she was going to use to make tea. There was a dirty piece of cardboard blowing around on the ground with the handwritten words “Be generous – need help before I disappear.”
Then she stopped right in the middle of the road.

“Surprise parties are frightening,” she said. “I mean what if you get home and you have something important to do. What if you have to use the toilet? I mean really.”

“Toilet away. A round of toilets on the house. I think being comfortable under strange conditions is a sign of maturity.”

“I’m being serious,” she said. “You know, I have a cousin who was diagnosed with a heart condition when she was in her teens. She has a palpitating heart and they told her that she wouldn’t live long. So she always makes a point of planning everything out and thinking about things in advance. She likes looking forward to good things. She likes thinking about them before they happen. This year she gave my nephew, who is one, a full-sized baseball mitt. A full sized baseball mitt so that he can play ball with it when he is older. Even if she’s not around. And you know, a surprise party is the exact opposite of this.”

“That’s really sad,” I said. “That’s worse than an uncomfortable toilet. That’s like your grandfather. Didn’t your grandfather have some kind of disease?”

“That’s right,” she said. “My grandfather came home from work one day - fortunately there wasn’t a surprise party going on because he felt awful. He felt terrible. And it turns out that he had an aneurism. He had to go to five doctors in one day because no one knew what was wrong with him. The doctors didn’t even know.”

“The doctors didn’t know that your grandfather had an aneurism?”  This was big point for me because I’m your average neurotic guy and get worked up about dying. I’m frightened of the usual things – you know, airplanes, cars, bridges, commercial radio.

“The doctors didn’t know,” she said. “He had to go to five doctors in one day. He continued going to doctors when the original doctors told him to stop seeing new doctors. And you know, the only thing that saved him was that his wife stood by him. His wife stood by him until they found someone that could help him. She insisted. And this was a big point for my grandfather and his wife because they had a strange beginning to their marriage.”

“I hope they were living in sin,” I said. “Living is sin is ideal. Just last week I called home and told my father that damnation is probably a bonding experience anyway.”

And saying this to her reminded me of the time that I called home and told my little brother that I was dating a witch and his exact reply was “Boy! Are you desperate?” I told him that I was very desperate for her. I remember her eyes when she wore blue color on her lashes so that she looked like an insect. I remember the weightless up-reach of her eyes. They reminded me of the spectacle of a horse jumping where the animal lifts its enormous frame, the nestled rider, and just at the right moment pulls up its hooves, all for the courtesy of allowing a fence to pass under. I remembered that combination of delicacy and furious effort that just didn’t exist anywhere in the world. I couldn’t move my hands when I first met her. I liked her a lot.

“Well, the truth is,” she said to me, “that my grandfather and his wife met each other under strange circumstances. The truth is that my grandfather met his wife when she was his sister-in-law. My grandfather ran off with my grandmother’s sister.”

“Your grandfather ran off with your grandmother’s sister?” I asked her. “That’s so fucked up it sounds Southern. And you say that the sister-in-law/wife is the one who saved him from his aneurism? Wow, that’s pretty incredible – they must’ve really been in love.”

“No, I think he just wanted to sleep with her. I think my grandfather was a whore,” she said.

“Baby, whores are writers who work in Los Angeles,” I said. “Everybody knows that. This man just ran off with his sister-in-law. I mean people don’t actually make it a point to hurt their loved ones. They must’ve had really strong feelings for each other.”

“No, I think he just wanted to fuck her.” She said that loudly and there was no mistaking that the emphasis was on the “fuck”. “I mean,” she said, “I’m sure he fell in love with her after she saved him from an awful death when nobody in the family would even talk to him. I’m sure he had some pretty strong feelings then.” And I looked at her and it was a strange moment because she was looking at me and her pupils were sort of vibrating. It could have been a look of lust except I knew she was angry. And this was difficult for me because I was used to being the manic one in this couple.      “Would you ever do anything like that to me?” she asked me. There was a silence and I immediately thought of all the wrong things to say: not while you have such a nice figure, don’t introduce me to your sister, or don’t introduce me to your mother.

Then I though of all the right things to say: sweetheart, people only leave a relationship when there is something wrong, two people can fall in love with each other many times in one lifetime, or I don’t know…let’s fall asleep together.

And you know, I wanted to say something like this. I wanted to give her that. But I didn’t feel like lying to her. I mean, I had already slept with her. The thing that stood out the strongest in my thoughts was the memory of the time we were at the Verdi Park movie theater. I had a plastic bag of chocolates that I was eating so fast I might as well have been snorting them – there were little explosions of light everywhere I looked from the sugar in my brain. I remember that she was sitting next to me. She was smiling and looking away. She had her dark hair piled up on her head so nice. Her eyebrows were raised and I could almost feel the heat coming off of her neck. I remembered all the things that we had done together. I remembered the time she helped me move. I remembered that she lent me her credit card. I remembered the draw of her legs, the darkness of her thighs. I remembered her below me. I remembered touching her eyebrows. I remembered that she signed her letters, “Unavoidably.” I remembered trying to tell her that she was a good conversationalist by saying, “You’re good at parties,” and she said, “That doesn’t sound nice.” I had all of this in my mind as I sat there at the movie theater and she was looking off to one side and smiling and I looked off to the same side and realized at that exact moment that she was noticing another person, another man.

You know, jealousy is an awful invasion, a mix of betrayed vulnerability and arrogance. In that moment, I suddenly hated everyone, hated Gràcia, hated that cinema, hated the clunky glasses and white-rocker-belts that the people in the theater wore, hated Barcelona, hated the waves in sea. I got up and got a beer out of the vending machine without saying a word. It seemed like a reasonable thing to do.

And I thought about that as I stood there on Torrent de l’Olla Street with her looking at me, her angry eyes wanting an answer. Then I said, “Most couples don’t even touch each other after a while. Don’t even touch.” She looked at me and said, “That’s not true. That’s not true at all. I know plenty of couples who are very affectionate.”

And I told her I agreed with her. I told her I agreed with her, but I didn’t mean it. I only agreed with her because I didn’t want to have to tell her a sad story.

Els eixos de la terra

Josep Maria Miró

La força i la ràbia de la natura és un espectacle esfereïdor. Un terratrèmol de 8,9 graus en l’escala Richter al Japó que acaba desencadenant un tsunami al Pacífic, arrossegant fins i tot l’inimaginable i deixant nombroses pèrdues humanes i físiques. Els experts asseguren que la catàstrofe desplaçarà uns deu centímetres els eixos de la terra.

Mentre observo les imatges i escolto o llegeixo les notícies amb certa consternació, se m’hi suma una curiositat, una coincidència. Estic a pocs dies d’estrenar al Teatre Nacional de Catalunya el meu darrer text Gang Bang (Obert fins a l’hora de l’Àngelus). A l’obra, que transcorre en un local de sexe, la nit prèvia de la visita del sant Pare a Barcelona, un dels personatges, una particular dona de fer feines visionària, alerta els clients, els diu que la terra està donant avisos de grans canvis i que els seus eixos es van desplaçant mica a mica. Tot això, assegura, tindrà nombrosos efectes sobre l’espai i també la realitat socioeconòmica. Durant uns segons l’escolto però ningú li fa cas. Tots estan massa entretinguts en donar plaer al cos, i l’esforç individual i col·lectiu que comportaria preocupar-se per l’equilibri dels eixos de la terra seria massa gran. La bacanal contínua mentre el món també es continua esqueixant: des de l’espai físic i natural fins al moral, social i polític.

Japó és lluny de Barcelona però cada dia ens arriben de qualsevol racó del món imatges i notícies esfereïdores: la guerra civil a Llíbia; la pèrdua de llibertats a la Xina; la impunitat política a Itàlia; l’església i els seus nombrosos i successius escàndols, alguns relacionats amb el seu bé més preuat “la infància”; la corrupció política a casa nostra i arreu... La llista és llarga. Tots la coneixem, o almenys hi hem passat o parat atenció en algun moment, encara que sigui de puntetes.

A pocs dies d’estrenar, la coincidència argumental d’un espai sexual i la visita del cap del vaticà a Barcelona, ha fet saltar algunes crítiques sobre l’obra. Crítiques i, fins i tot, demandes de la seva retirada. Aquestes opinions arriben sense haver-se estrenat i sense conèixer-la. Gang Bang és una obra que parla sobre un món en crisi, en el que trontollen valors i pilars. El vehicle per parlar-ne és un espai d’unes característiques i finalitats molt concretes. El local “La Llum”, que actua com un personatge més, i unes circumstàncies i un temps, la d’una celebració a la ciutat, on es reafirmen uns valors que han amarat la nostra moral i pensament durant segles. Alguns voldran veure-hi una altra cosa, quedar-se amb l’anècdota. El teatre ha de mostrar mirades diverses i provocar també vàries lectures.

A Gang Bang ningú escolta Anna, aquesta particular dona de fer feines. En un món global i on l’accés a la informació és constant, l’efecte que té sobre nosaltres, els individus que hi habitem, sembla ser molt baix. Les notícies ens arriben amb la mateixa facilitat que les assimilem i les descartem. Potser aquesta dona de fer feines té raó i el món s’està trencant, física, humana, moral i socialment sense que fem res al respecte. Tot segueix com si res. Potser si no ens aturem un segon, al final serà difícil trobar un bon paraigües on aixoplugar-se, sense sortir-ne massa esquitxat.

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