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Photos: Christian Schallert
AMA & LUCHA
Cinco acciones revolucionarias de la ciudadanía
by Jordi Corominas i Julián
El pleno municipal del 23 de diciembre de
2009 supuso un antes y después en la
mentalidad de los barceloneses. Los votos
contrarios al aumento de las tarifas del
transporte público cayeron en saco roto y
se extraviaron en las catacumbas de la desidia.
Los billetes subieron un 2,5% y el ciudadano,
solidario con Madrid, despertó de su
letargo pasivo y amodorrado. Cinco acciones
re-volucionarias han marcado el pasado
año 2010 que ahora analizamos, cinco
heroicidades del pueblo que alteraron
nuestra relación con el poder que durante
tantos años se ha burlado de nosotros. Sin
duda alguna podríamos usar métodos tópicos
del lenguaje actual. Si lo hiciéramos traicionaríamos
la voluntad popular que impulsó
el cambio desde la rabia de quien se
ha hastiado del ninguneo y prefiere respirar
con justicia que evite atracos legislativos
poco respetuosos con el sentir y el bienestar
colectivo.
La primera chispa apareció en forma de
octavilla. Jóvenes vestidos como repartidores
de Telepizza empezaron a distribuir en las
estaciones de metro papelitos que incitaban
a no coger el metro el primero de marzo de
2010, justo 59 años después del inicio de la
famosa y triunfal huelga de los tranvías de
1951, cuando los barceloneses desafiaron el
abuso franquista yendo a pie a sus puestos de
trabajo durante casi una semana. La huelga
entonces, como hace escasos meses, fue un
éxito absoluto. No es delito pasear y fortalecer
las piernas. La aplicación de la resistencia
pacífica contra el aumento de tarifas
hizo que la empresa municipal de transportes
viera desangradas sus arcas, pues el boicot
duró más de un mes y medio y supuso
un importante descenso en el tráfico de pasajeros.
El día del libro el alcalde emitió un
comunicado mediante el cual se rebajaba
en un 10% la T-10, joya de la corona del underground
condal. Sin embargo, su medida
contentó a pocos. Quien escribe este artículo
ha observado cómo muchos jóvenes
compran la tarjeta rosa para ahorrarse dinero
y así siguen saboteando uno de los servicios
que reportaba más beneficios al erario
público.
La segunda brizna de aire puro acaeció
durante las celebraciones por la victoria del
Barça contra el Real Madrid en la final de la
Champions League celebrada en el Santiago
Bernabéu el sábado 22 de mayo de 2010.
Tras el hat-trick de Messi y las dos dianas de
Pedrito, los aficionados acudieron en masa a
la Rambla sin saber que algunos miembros
del comando “Guardiola President, Catalunya
independent” perpetraban en la sede
técnica de BSM una de las mayores anécdotas
urbanas del decenio. Tres jóvenes desmontaron
el sistema que amarra las bicicletas
del bicing, liberando a las rojas
móviles de sus cadenas. Anunciaron su
acción con un cartel que caía suavemente
de la fachada del bar Núria. Los gritos mofándose
del eterno enemigo viraron y se
transformaron en una desenfrenada carrera
hacia el saqueo de los infames velocípedos.
El robo por el robo no tenía sentido, por lo
que se decidió agrupar a los ebrios seguidores
y emprender una ruta ciclista hasta el
aeropuerto del Prat para esperar a los campeones,
de retorno al hogar con la orejuda
por segundo año consecutivo. La policía no
intervino por miedo. Los biciclos al paso de
la expedición azulgrana simbolizaron la
entrega absoluta hacia quienes hacen sentir
emociones y son honestos con su estilo.
Visca el Barça! El servicio de pago ciclista se
restableció con toda normalidad al cabo de
dos semanas.
El tercer brote surgió en Facebook y
sacudió la legislación desde su propia base.
El grupo “Pasea desnudo por la Rambla en
San Juan” alcanzó los diez mil seguidores
en veintitrés días. El objetivo manifiesto de
sus creadores era conseguir la plena transgresión
de la tradicional verbena. Su pistoletazo
de arranque tuvo lugar en la playa de
Sant Sebastià, donde se reunían la mayor
parte de ociosos fiesteros. Dos chicas en
cueros incitaron a la mayoría a desprenderse
de sus ropas y caminar en cueros hasta
la plaça de Sant Jaume para realizar la gran
hoguera de la libertad. Spencer Tunnick quedó
en ridículo y el Ayuntamiento asistió impotente
a la máxima permisividad de su tan
cacareado civismo. La ley impidió multar
tan anómala manifestación, limpia de sexo,
llena de risas y cargada de significados
que iban más allá de las carnes visibles.
La cuarta barrera se derribó en septiembre
con visos tragicómicos. Las constantes
incursiones de las fuerzas del orden en el
Raval recibieron justa réplica ciudadana
mediante la invasión del solar donde se está
edificando la nueva Filmoteca. Centenares
de pakistaníes y prostitutas ocuparon el
enclave e instalaron tiendas de campaña
como protesta al acoso que padecen a diario
por la voluntad municipal de convertir
el otrora Barrio Chino en otra zona despersonalizada
destinada al turismo y al falso
oropel que anuncia espacios privatizados a
la vera de lujosos apartamentos que sustituirán
los vetustos inmuebles que, casualmente,
se queman cada dos por tres. La
acampada duró poco más de una semana y
el desalojo levantó olas de indignación en
los medios de comunicación del planeta, y
hasta el deleznable programa Sálvame se
hizo eco del caso. Belén Esteban prometió
casarse con un latero en pos de una regularización
masiva de estos personajes de
nuestra Auca del Senyor Esteve del siglo
XXI. Cerveza Beer ya no es un simple mensaje
a un euro, amigo.
La quinta marcha es más un indicio que
una certeza. En las elecciones autonómicas
del domingo 6 de noviembre la participación
alcanzó un escaso 35% que deslució la
apabullante victoria de Convergència i
Unió, partido que no podrá gobernar porque
mientras escribimos estas palabras sus
votantes se muestran reacios a un pacto
con el Partido Popular de Catalunya, máxime
después de la sentencia del Tribunal Supremo
que invalidaba los principales puntos del
Estatut de 2005. La gran abstención registrada
constituye un serio aviso para Jordi
Hereu, quien fue recibido con silbidos y
abucheos en su colegio electoral. En los
días posteriores a la consulta muchas calles
de la ciudad amanecieron con pintadas pidiendo
al votante más absentismo de cara a
los inminentes comicios municipales de
2011 con la clara misión de desactivar BCN
y fundar una nueva Barcelona más pendiente
de las preocupaciones del ciudadano
de a pie, una Barcelona con todas sus letras
que construya cultura sin necesidad de
expandir su imagen con campañas inútiles
para quienes residen entre sus muros, ansiosos
de abandonar el parque temático y
vivir en un entramado digno e igualitario.
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by Marc Viaplana
En un suelto que compuse hace poco tiempo
—sobre cómo cada progreso en horrorismo
aéreo supone un retroceso en nuestras libertades
(pasar taconeando bajo el arco detector
de iniquidades, una de ellas) y un ataque a
nuestro pudor (“El 22 de diciembre de 2001,
Richard Reid trata de derribar un Boeing
767, igual que Kruschev había intentado antes
abatir una mesa. El zapato no detona,
pero basta para que desde entonces nos
pidan que enseñemos los calcetines en los
aeropuertos y todo huela a pata.”)— remataba
la cuestión con “En los aeropuertos
norteamericanos, adelantándose a las
tendencias terroristas del porvenir, ya se ven
escáneres que dejan al pasajero en pelota
virtual. Esperemos que el sistema explorador
de ideas prohibidas en vuelo nos pille
muertos.”
Pues ya no tengo tanta prisa por diñar,
porque la ciencia, que avanza como barbarie,
también desanda y cede: parece que los
versados en neuronas y adictos a salarios
pentagónicos la han pifiado, y de tanto procurar
encontrarse con el método definitivo
para averiar malas ideas antes de que éstas
se produzcan (y detonen en vuelo), los sabios
se han pasado tres pueblos.
Veamos.
Por mucho que buena porción de conspiranoides
recalcitrantes piensen lo contrario,
la idea de sonsacarle la verdad a uno debe
de ser apenas unos instantes más vieja que
el recurso del embuste, posible contemporáneo
de los oficios más antiguos del mundo:
hombre público, mujer pública, con honrosa
ventaja para la segunda, cuyo menester,
no vergonzante entonces, no la obligó a
mentir ya en su primer día de trabajo.
No llamaríamos intentos sinceros de
extraer franqueza a los métodos de quienes
—desde mucho antes de Torquemada hasta
Bush exactamente—, confiados en que
verdad, uñas y muelas andan parejos,
arranca(ba)n éstas para hacer asomar la
otra, y si algo es verdad es que una verdad
nonata y brutalmente desencajada con
cesárea, lejos de ser de impecable factura,
no es de recibo.
Luego de la verdad por las malas llegó la
verdad por las buenas, o se intentó, quizá
cuando, por miedo a la guillotina, mandamases
y mandamenos empezaron a amañar
plebiscitos, pero hubo que redactar constituciones
y fueros, y no encontraron acepción
recatada para incluir tortura en ellos, y
así pasó ésta años sumergida hasta que Bush
encontró la fórmula —y una denominación
moderna, waterboarding, que sugiere deporte
de riesgo— para hacerla emerger otra
vez (y dejar la verdad fuera).
Fue Lombroso, hace un siglo y una década
y un lustro más o menos, uno de los primeros
en abocetar el polígrafo, pero es de suponer
que el invento no prosperó, o pasó de moda
cual tonadilla de verano cuando se derrumbó
toda su teoría: “Eres un criminal porque te
pareces a un criminal”. Sólo faltaría.
Empecinados investigadores (¡charlatanes!)
llegaron después con todo tipo de pociones
y brebajes cargados de promesas sinceras,
pero tales sueros de la verdad —pentotal
sódico, el más famoso— no demostraron
nunca soltura para desterrar la mentira.
Hasta hace poco... pero por poco tiempo.
Porque resulta que parece que quizá sea
cierto (vocablos que suponen, no afirman,
nótese; no queremos ser imputados de libelo)
que, hace, no estamos seguros, dos o tres
años, un laboratorio norteamericano, de
esos que sueltan el ántrax y esconden la
mano, consiguió, mediante una combinación
de fármacos y un cachivache similar al
que vaticinábamos al final del primer párrafo
—un escáner de sesos—, un resultado increíble:
verdad en estado puro. O casi, porque
el artilugio no obliga (aún) al interrogado
a escupir exactitudes que sólo él conoce,
pero lo que sí hace es que cada “sí” o “no”
falaz aparezca, con convicción y en rojo, en
una pantalla.
Los primeros experimentos se llevaron a
cabo en una cárcel de Texas. Se firmaron
acuerdos con una veintena de presos, para
que, en ningún caso, el resultado, de ser un
éxito, agravara su condena (en cambio, podía
concederles una revisión del caso). Entre los
reos había convictos e inconfesos, pero a los
examinantes, para dar credibilidad al sondeo,
no les fueron proporcionados tales
datos. Se pidió a siete confesos (a quienes la
revisión no era aplicable, pero sí una mejora
del trato) que mintieran como bellacos.
Aparentemente, la conjunción de fármacos
y máquina acertó cada vez, y los ensayos
siguieron, sin ningún revés, en otras cárceles.
Pero cuando, ya a al otro lado del muro
de un talego, un juez de Chicago se conformó
con tan artificial veredicto (un incidente
menor: un guateque de gente de color que
degeneró en merienda de negros), el abogado
defensor exigió la aplicación del mismo
procedimiento en la depuración de responsabilidades
de otra pendencia que su firma
tenía en cartera: la del politicastro Rod
Blagojevich, que presuntamente había ofrecido
su escaño al mejor postor. Y aquello fue
Troya. Porque (parece, decimos), aunque se
procedió con discreción, se filtró que, según
el infalible aparato, Blagojevich no sólo había
puesto en venta su asiento, sino que antes
se lo había agenciado pagando.
El magistrado, esta vez, recusó el dictamen:
no iba a ser él quien estableciera
precedentes para sentar a Cheney o a
Rumsfeld o a Bush ante un fiscal. Se planteó
la posible inmunidad para gerifaltes de altura,
y se mandó —secretamente— la propuesta
al supremo, el cual, tal vez temeroso
de acabar a su vez retrepado en el banquillo
de los acusados, dijo no.
Hubo que rectificar sentencia en el caso
de los afroamericanos achispados (la curda
agravante se convirtió en eximente) y se
exigió al laboratorio causante una repetición
de los experimentos, hasta que, claro,
emitieran un informe negativo. Esa fue la
parte más fácil: nadie puso en duda la retractación,
y la quizá definitiva máquina de la
verdad volvió a ser artefacto de sospechar.
(Uno de los reclusos que se acogieron al programa
arriba mencionado y que más airoso
salió del interrogatorio, fue ejecutado con
inyección letal en mayo de 2009. Su caso no
llegó a ser revisado. Pocas semanas después,
el verdadero culpable confesó: quien había
devuelto sin rebobinar las cintas al videoclub
había sido el mayordomo.)
LA DESESCOLARIZACIÓN DESDE LA ESCUELA
by Manuel Carballo
Todo el tiempo los docentes estamos lidiando
con los baches del sistema educativo. Nos
tocan alumnos que han circulado por los
planes de la ciudad, por otros provinciales, o
extranjeros; heterogéneos en formación,
patrimonio simbólico y experiencias de vida.
De esta manera, nos vemos obligados no sólo
a adaptar nuestra estrategia pedagógica, sino
a intentar saldar ciertas deficiencias sin las
cuales los nuevos conocimientos que tratamos
impartir se harían imposibles de comprender.
Una anécdota que recuerdo, la última tal
vez, es frente a un texto que me encontraba
enseñando, cuyo título era “La muerte del
autor”. Un alumno se me acerca con una
observación simple y contundente: no había
entendido nada. Cuando empezamos a repasar,
los dos solos, para tratar de evitar que
su vergüenza genuina lo afectara en su intención
de solicitar que se le explicara de nuevo
eso que le había pasado por completo de largo
como si no le perteneciera, y comenzamos
a desandar el argumento definitivo del
autor, concepto por concepto, entendí lo que
realmente sucedía. él no comprendía algo
central, que provenía del título inicial: eso
que se enunciaba como muerte era una metáfora,
y él intentaba leerlo de manera literal.
No se trataba de una muerte física, sino que
era la desaparición simbólica de la figura del
autor de lo que se estaba hablando. Recuerdo
que respiré profundo tratando de ahogar con
aire mi propio desconcierto y a través de una
serie de ejemplos pudimos acordar de qué
estaba tratando ese texto.
La pregunta que quedó flotando de esa
experiencia es: ¿cuántas veces me habría
pasado lo mismo? Es decir, creer que el
simple sentido metafórico acordado estaba
siendo leído de manera literal. Y, dejando ese
texto de lado, cuántas otras veces había
supuesto que el recorrido acerca de un tema
estaba siendo comprendido, mientras que
desde el título el resultado era desastroso.
Mi primera reacción fue repudiar el sistema
educativo precedente: preescolar, primario
y secundario. Después, despegándome
de la frustración, pude pensar que la escuela,
como cualquier institución, no es infalible.
Pero no sólo eso, opera como explica un sociólogo
de la educación en base al axioma:
“de que el aprendizaje es el resultado de la
enseñanza”. Ese alumno no podría operar en
el mundo sin saber lo que era una metáfora,
por lo menos si se trataba de un alumno que
no estaba en pleno brote psicótico, imposibilitado
de ver el mundo en un sólo nivel de
significación. ¿Qué era lo que le impedía leer
una metáfora como tal? La misma institución
lo había acostumbrado a la literalidad que lo
ubicaba en un papel tal, que, como si fuese
una especie de esponja, solamente estaba
impregnado de saber mientras más fielmente
asimilara las salpicaduras desparramadas
por el encargado de impartirlo.
Me permito citar: “...las escuelas dividen
cualquier sociedad en dos ámbitos: ciertos
lapsos, procesos, tratamientos y profesiones
son “académicos” y “pedagógicos”, y otros no
lo son. Así, el poder de la escuela para dividir
la realidad social no conoce límites: la educación
se hace no terrenal, en tanto que el
mundo se hace no educacional”.
Illich, el autor de este fragmento, termina
casi pidiendo la cabeza de las instituciones
educativas. Yo soy más tímido para estas
cosas, y creo que desde la misma institución,
sin irnos todos de todos los ámbitos, podemos
seguir generando alternativas para pensarla
y modificarla. Y creo que el comienzo
pasa por hacer conscientes y luego deconstruir
algunas prácticas que tienden no a
la formación sino al formateo desconsiderado,
al bloqueo imaginativo, a buscar la respuesta
conductual. Hay que tratar de enseñar
que a la universidad se va a tener una
experiencia de aprendizaje, no a aprender,
así, con la fuerza concluyente del infinitivo.
Que lo enseñado en la universidad puede ser
criticado y contrastado con la experiencia
del afuera, que todo conocimiento no es utilitario:
el estímulo de las capacidades de abstracción
es un fin en sí mismo, la mismísima
fuerza que permite que no practiquemos las
mismas técnicas sobre realidades cambiantes,
sino que podamos pensar el hacer respecto
de nuestras propias necesidades y las
del entorno.
Creo que la desescolarización es un poco
la desrobotización del alumno y el replanteo
del rol del docente para lograrlo. Y no me refiero
con este concepto a la utilización de por
ejemplo una herramienta como una “guía de
lectura” para acceder a un texto. No, no creo
que marcar el sentido del conocimiento que
se quiere impartir sea el problema. Creo que
el problema surge cuando clausuramos,
cuando excluimos otras formas de saber
como experiencias válidas, cuando ignoramos
los caminos alternativos hacia el conocimiento,
cuando tratamos de fijar en el
alumno su papel de tal y no intentamos convertirlo
en un sujeto que pueda gestionar su
propio saber.
La enseñanza de lo que no se sabe
Otra anécdota, ésta más interesante, es la
que cuenta el filósofo Jacques Rancière, sobre
un profesor francés que comienza a dar
clases en una universidad holandesa. Muchos
de sus nuevos alumnos no hablaban francés,
y él no hablaba holandés, por lo que estaba
bastante limitado en su enseñanza. A Jacotot,
este es el nombre del profesor, se le
ocurre entonces, dejarles a sus alumnos, en
un periodo anterior al comienzo del curso,
una edición bilingüe (francés-holandés) de
un libro. No esperaba demasiado de esta
experiencia, era tan sólo un intento, y bastante
desesperado y azaroso –ya que se
había encontrado por casualidad con la
edición reciente de este libro– de intentar
tener algún avance que le permitiera poder
comenzar en un nivel más o menos aceptable
el dictado de sus clases. Para su sorpresa,
al terminar el plazo, sus alumnos habían
conseguido redactar en francés las respuestas
sobre el significado del texto que él les
había dejado. Cotejando la correspondencia
de las palabras y su ubicación, habían llegado
a un léxico y una gramática. No tenían un
manejo fluido de la lengua, pero estaban listos
para empezar con lo necesario del curso.
Jacotot, entonces, se hace una pregunta:
¿cómo es posible que ellos hayan aprendido
sin que yo les haya enseñado cómo debían
hacerlo?; y más aún, ¿cómo he enseñado algo
que yo desconocía?
Creo que en esta anécdota hay algo que
explica también en parte la pregunta inicial
de este breve artículo, que tal vez vaya más
allá de las que se hace Jacotot: ¿cómo puedo
enseñar algo que intuyo que no saben, pero
que no sé qué es? La manera de lidiar con los
huecos que la institución va dejando en sus
enseñanzas, con el anacronismo de los
planes de estudio frente a la realidad simbólica,
con las faltas de atención de los alumnos
en los distintos momentos del trayecto
educativo, es imposible que se logren saldar
con la reposición del docente.
En la anécdota, Jacotot, interesa a sus
alumnos, los desafía, les muestra un camino
y les da su confianza que pueden lograrlo a
través de las mismas consignas que les entrega
para resolver el problema.
Lograr alumnos creativos y tratar de interesarlos
para que afronten la resolución de
problemas no exige necesariamente el clisé
del docente-clown que debe interpretar papeles
como si los alumnos estuviesen esperando
entretenimiento. El docente es el mismo,
lo que debe entenderse es que el discurso
a manejar debe ser distinto.
No trataré acerca de una metodología,
justamente creo que desde el espacio en el
que estamos situados, se trata de buscarla y
encontrarla y volver a empezar permanentemente.
No es un tema sencillo, es un tema
para pensar y para intentar actuar al respecto,
cada día en el aula, con el desafío de un
auditorio en el cual debemos generar a la vez
de las inquietudes acerca del tema tratado,
una intención de pensarse como sujetos de
conocimiento, pensar su práctica profesional,
la institución que la brinda y lograr buscar y
encontrar un camino hacia el aprendizaje.
unamiradaindicial.blogspot.com
Non-resident curfew
Civismo’s latest addition
by Sara Custer
In the latest updates to the Civismo laws,
Barcelona Mayor Jordi Hereu announced
last Friday that the city will enforce a curfew
for all non-residents. The decision came
after a recent special assembly of the Generalitat
during which Jose Montilla and other
lawmakers brainstormed ideas to rid the
streets of Barcelona of late-night wanderers
without damaging the city’s touristic appeal.
The growing numbers of tourists on the
streets of Barcelona over the past seven
years has corresponded with increases in
theft, vandalism, and overall cantankerousness
in city residents. Police reports show
that the majority of thefts take place on the
Ramblas between the hours of 12:00 and
4:00, with 80% of victims being non-residents
under the influence of alcohol. In addition,
cleaning up broken shop windows,
amateur graffiti, urine-filled corners and
beer-can-carpeted streets amounts to more
than 30% of the city’s maintenance budget.
“After looking at the numbers, it was clear,”
stated Hereu. “It costs more to let them –I mean
visitors to Barcelona– run free in the streets than
it would to implement this curfew.”
The city has plans to place special law
enforcement officers around the metropolis
to monitor tourist activity. Any person
found drinking sangría from a goblet, “barhopping,”
singing football hymns, being attacked
by prostitutes, skateboarding, or
bartering with beer vendors on the streets
after 11pm will have to show proof of residency.
In addition, shuttle buses from Camp
Nou to respective hotels will be provided on
home game nights.
Critics of the ordinance claim that it is a
breach of civil liberties. One baffled English
weekender, asked how he felt about the new
law, replied, “Oi, those coonts. You must be
taking the piss, right?” No indeed. As Montilla
argues, “We’re just protecting [the nonresidents]
from becoming victims of foreign
streets. We will no longer turn a blind eye to
the harm they are doing to themselves and
the citizens of Catalunya’s capital.”
Not wanting to affect tourists’ fun and
Barcelona’s economy, the new law’s chief
guiding principle is the maintenance of a
“harmonious relationship between Barcelona
citizens and tourists.” The curfew
hours allow maximum advantage to be taken
of the city. Visitors will still be able to go
shopping, eat ice-cream, take photos, watch
street performances, get in on 2-for-1 drink
deals before 22:00, and wake up early
enough to take advantage of the first bus
tour at 8:00. “Except now they won’t interrupt
everyone else’s flow,” adds Montilla.
It appears that heading off the proverbial
“cramping” of the Catalan style may result
in increased bar revenue. One supporter of
the policy said, “Now I can go out more often
without having to maneuver through
crowded streets, wait in lines and give directions.”
Another asked, “Does this mean
the price of mojitos will drop?”
Moreover, it’s not just Catalan patrons
who are optimistic about the new policy.
Marc Puig, owner and operator of a popular,
centrally located bar, expressed relief at
no longer having to strain to hear strange
drink orders in English or, worse, broken
Spanish. The only businesses that may take
a hit are late night kebab restaurants and
rose vendors. When asked to comment, one
man responded only by shoving a blinking rubber
ring in our faces and saying, “One Euro.”
The legal consequences for breaking curfew
are still under debate between lawmakers.
Possible options include warnings, fines,
law enforcement chaperones in hotels or
rented apartments, deportation and banishment.
Hereu concluded, “We know some
changes will have to be made over time, but
we’re committed to giving the streets back
to tax-paying citizens.”
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