BCN WEEK | Barcelona's Alternative Newsweekly
Vol 1, No 82 | January 14, 2012

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Photos: Christian Schallert




AMA & LUCHA

Cinco acciones revolucionarias de la ciudadanía

by Jordi Corominas i Julián

El pleno municipal del 23 de diciembre de 2009 supuso un antes y después en la mentalidad de los barceloneses. Los votos contrarios al aumento de las tarifas del transporte público cayeron en saco roto y se extraviaron en las catacumbas de la desidia. Los billetes subieron un 2,5% y el ciudadano, solidario con Madrid, despertó de su letargo pasivo y amodorrado. Cinco acciones re-volucionarias han marcado el pasado año 2010 que ahora analizamos, cinco heroicidades del pueblo que alteraron nuestra relación con el poder que durante tantos años se ha burlado de nosotros. Sin duda alguna podríamos usar métodos tópicos del lenguaje actual. Si lo hiciéramos traicionaríamos la voluntad popular que impulsó el cambio desde la rabia de quien se ha hastiado del ninguneo y prefiere respirar con justicia que evite atracos legislativos poco respetuosos con el sentir y el bienestar colectivo.

La primera chispa apareció en forma de octavilla. Jóvenes vestidos como repartidores de Telepizza empezaron a distribuir en las estaciones de metro papelitos que incitaban a no coger el metro el primero de marzo de 2010, justo 59 años después del inicio de la famosa y triunfal huelga de los tranvías de 1951, cuando los barceloneses desafiaron el abuso franquista yendo a pie a sus puestos de trabajo durante casi una semana. La huelga entonces, como hace escasos meses, fue un éxito absoluto. No es delito pasear y fortalecer las piernas. La aplicación de la resistencia pacífica contra el aumento de tarifas hizo que la empresa municipal de transportes viera desangradas sus arcas, pues el boicot duró más de un mes y medio y supuso un importante descenso en el tráfico de pasajeros. El día del libro el alcalde emitió un comunicado mediante el cual se rebajaba en un 10% la T-10, joya de la corona del underground condal. Sin embargo, su medida contentó a pocos. Quien escribe este artículo ha observado cómo muchos jóvenes compran la tarjeta rosa para ahorrarse dinero y así siguen saboteando uno de los servicios que reportaba más beneficios al erario público.

La segunda brizna de aire puro acaeció durante las celebraciones por la victoria del Barça contra el Real Madrid en la final de la Champions League celebrada en el Santiago Bernabéu el sábado 22 de mayo de 2010. Tras el hat-trick de Messi y las dos dianas de Pedrito, los aficionados acudieron en masa a la Rambla sin saber que algunos miembros del comando “Guardiola President, Catalunya independent” perpetraban en la sede técnica de BSM una de las mayores anécdotas urbanas del decenio. Tres jóvenes desmontaron el sistema que amarra las bicicletas del bicing, liberando a las rojas móviles de sus cadenas. Anunciaron su acción con un cartel que caía suavemente de la fachada del bar Núria. Los gritos mofándose del eterno enemigo viraron y se transformaron en una desenfrenada carrera hacia el saqueo de los infames velocípedos. El robo por el robo no tenía sentido, por lo que se decidió agrupar a los ebrios seguidores y emprender una ruta ciclista hasta el aeropuerto del Prat para esperar a los campeones, de retorno al hogar con la orejuda por segundo año consecutivo. La policía no intervino por miedo. Los biciclos al paso de la expedición azulgrana simbolizaron la entrega absoluta hacia quienes hacen sentir emociones y son honestos con su estilo. Visca el Barça! El servicio de pago ciclista se restableció con toda normalidad al cabo de dos semanas.

El tercer brote surgió en Facebook y sacudió la legislación desde su propia base. El grupo “Pasea desnudo por la Rambla en San Juan” alcanzó los diez mil seguidores en veintitrés días. El objetivo manifiesto de sus creadores era conseguir la plena transgresión de la tradicional verbena. Su pistoletazo de arranque tuvo lugar en la playa de Sant Sebastià, donde se reunían la mayor parte de ociosos fiesteros. Dos chicas en cueros incitaron a la mayoría a desprenderse de sus ropas y caminar en cueros hasta la plaça de Sant Jaume para realizar la gran hoguera de la libertad. Spencer Tunnick quedó en ridículo y el Ayuntamiento asistió impotente a la máxima permisividad de su tan cacareado civismo. La ley impidió multar tan anómala manifestación, limpia de sexo, llena de risas y cargada de significados que iban más allá de las carnes visibles.

La cuarta barrera se derribó en septiembre con visos tragicómicos. Las constantes incursiones de las fuerzas del orden en el Raval recibieron justa réplica ciudadana mediante la invasión del solar donde se está edificando la nueva Filmoteca. Centenares de pakistaníes y prostitutas ocuparon el enclave e instalaron tiendas de campaña como protesta al acoso que padecen a diario por la voluntad municipal de convertir el otrora Barrio Chino en otra zona despersonalizada destinada al turismo y al falso oropel que anuncia espacios privatizados a la vera de lujosos apartamentos que sustituirán los vetustos inmuebles que, casualmente, se queman cada dos por tres. La acampada duró poco más de una semana y el desalojo levantó olas de indignación en los medios de comunicación del planeta, y hasta el deleznable programa Sálvame se hizo eco del caso. Belén Esteban prometió casarse con un latero en pos de una regularización masiva de estos personajes de nuestra Auca del Senyor Esteve del siglo XXI. Cerveza Beer ya no es un simple mensaje a un euro, amigo.

La quinta marcha es más un indicio que una certeza. En las elecciones autonómicas del domingo 6 de noviembre la participación alcanzó un escaso 35% que deslució la apabullante victoria de Convergència i Unió, partido que no podrá gobernar porque mientras escribimos estas palabras sus votantes se muestran reacios a un pacto con el Partido Popular de Catalunya, máxime después de la sentencia del Tribunal Supremo que invalidaba los principales puntos del Estatut de 2005. La gran abstención registrada constituye un serio aviso para Jordi Hereu, quien fue recibido con silbidos y abucheos en su colegio electoral. En los días posteriores a la consulta muchas calles de la ciudad amanecieron con pintadas pidiendo al votante más absentismo de cara a los inminentes comicios municipales de 2011 con la clara misión de desactivar BCN y fundar una nueva Barcelona más pendiente de las preocupaciones del ciudadano de a pie, una Barcelona con todas sus letras que construya cultura sin necesidad de expandir su imagen con campañas inútiles para quienes residen entre sus muros, ansiosos de abandonar el parque temático y vivir en un entramado digno e igualitario.

by Marc Viaplana

En un suelto que compuse hace poco tiempo —sobre cómo cada progreso en horrorismo aéreo supone un retroceso en nuestras libertades (pasar taconeando bajo el arco detector de iniquidades, una de ellas) y un ataque a nuestro pudor (“El 22 de diciembre de 2001, Richard Reid trata de derribar un Boeing 767, igual que Kruschev había intentado antes abatir una mesa. El zapato no detona, pero basta para que desde entonces nos pidan que enseñemos los calcetines en los aeropuertos y todo huela a pata.”)— remataba la cuestión con “En los aeropuertos norteamericanos, adelantándose a las tendencias terroristas del porvenir, ya se ven escáneres que dejan al pasajero en pelota virtual. Esperemos que el sistema explorador de ideas prohibidas en vuelo nos pille muertos.”

Pues ya no tengo tanta prisa por diñar, porque la ciencia, que avanza como barbarie, también desanda y cede: parece que los versados en neuronas y adictos a salarios pentagónicos la han pifiado, y de tanto procurar encontrarse con el método definitivo para averiar malas ideas antes de que éstas se produzcan (y detonen en vuelo), los sabios se han pasado tres pueblos.

Veamos.

Por mucho que buena porción de conspiranoides recalcitrantes piensen lo contrario, la idea de sonsacarle la verdad a uno debe de ser apenas unos instantes más vieja que el recurso del embuste, posible contemporáneo de los oficios más antiguos del mundo: hombre público, mujer pública, con honrosa ventaja para la segunda, cuyo menester, no vergonzante entonces, no la obligó a mentir ya en su primer día de trabajo.

No llamaríamos intentos sinceros de extraer franqueza a los métodos de quienes —desde mucho antes de Torquemada hasta Bush exactamente—, confiados en que verdad, uñas y muelas andan parejos, arranca(ba)n éstas para hacer asomar la otra, y si algo es verdad es que una verdad nonata y brutalmente desencajada con cesárea, lejos de ser de impecable factura, no es de recibo.

Luego de la verdad por las malas llegó la verdad por las buenas, o se intentó, quizá cuando, por miedo a la guillotina, mandamases y mandamenos empezaron a amañar plebiscitos, pero hubo que redactar constituciones y fueros, y no encontraron acepción recatada para incluir tortura en ellos, y así pasó ésta años sumergida hasta que Bush encontró la fórmula —y una denominación moderna, waterboarding, que sugiere deporte de riesgo— para hacerla emerger otra vez (y dejar la verdad fuera).

Fue Lombroso, hace un siglo y una década y un lustro más o menos, uno de los primeros en abocetar el polígrafo, pero es de suponer que el invento no prosperó, o pasó de moda cual tonadilla de verano cuando se derrumbó toda su teoría: “Eres un criminal porque te pareces a un criminal”. Sólo faltaría.

Empecinados investigadores (¡charlatanes!) llegaron después con todo tipo de pociones y brebajes cargados de promesas sinceras, pero tales sueros de la verdad —pentotal sódico, el más famoso— no demostraron nunca soltura para desterrar la mentira.

Hasta hace poco... pero por poco tiempo. Porque resulta que parece que quizá sea cierto (vocablos que suponen, no afirman, nótese; no queremos ser imputados de libelo) que, hace, no estamos seguros, dos o tres años, un laboratorio norteamericano, de esos que sueltan el ántrax y esconden la mano, consiguió, mediante una combinación de fármacos y un cachivache similar al que vaticinábamos al final del primer párrafo —un escáner de sesos—, un resultado increíble: verdad en estado puro. O casi, porque el artilugio no obliga (aún) al interrogado a escupir exactitudes que sólo él conoce, pero lo que sí hace es que cada “sí” o “no” falaz aparezca, con convicción y en rojo, en una pantalla.

Los primeros experimentos se llevaron a cabo en una cárcel de Texas. Se firmaron acuerdos con una veintena de presos, para que, en ningún caso, el resultado, de ser un éxito, agravara su condena (en cambio, podía concederles una revisión del caso). Entre los reos había convictos e inconfesos, pero a los examinantes, para dar credibilidad al sondeo, no les fueron proporcionados tales datos. Se pidió a siete confesos (a quienes la revisión no era aplicable, pero sí una mejora del trato) que mintieran como bellacos. Aparentemente, la conjunción de fármacos y máquina acertó cada vez, y los ensayos siguieron, sin ningún revés, en otras cárceles.

Pero cuando, ya a al otro lado del muro de un talego, un juez de Chicago se conformó con tan artificial veredicto (un incidente menor: un guateque de gente de color que degeneró en merienda de negros), el abogado defensor exigió la aplicación del mismo procedimiento en la depuración de responsabilidades de otra pendencia que su firma tenía en cartera: la del politicastro Rod Blagojevich, que presuntamente había ofrecido su escaño al mejor postor. Y aquello fue Troya. Porque (parece, decimos), aunque se procedió con discreción, se filtró que, según el infalible aparato, Blagojevich no sólo había puesto en venta su asiento, sino que antes se lo había agenciado pagando.

El magistrado, esta vez, recusó el dictamen: no iba a ser él quien estableciera precedentes para sentar a Cheney o a Rumsfeld o a Bush ante un fiscal. Se planteó la posible inmunidad para gerifaltes de altura, y se mandó —secretamente— la propuesta al supremo, el cual, tal vez temeroso de acabar a su vez retrepado en el banquillo de los acusados, dijo no.

Hubo que rectificar sentencia en el caso de los afroamericanos achispados (la curda agravante se convirtió en eximente) y se exigió al laboratorio causante una repetición de los experimentos, hasta que, claro, emitieran un informe negativo. Esa fue la parte más fácil: nadie puso en duda la retractación, y la quizá definitiva máquina de la verdad volvió a ser artefacto de sospechar.

(Uno de los reclusos que se acogieron al programa arriba mencionado y que más airoso salió del interrogatorio, fue ejecutado con inyección letal en mayo de 2009. Su caso no llegó a ser revisado. Pocas semanas después, el verdadero culpable confesó: quien había devuelto sin rebobinar las cintas al videoclub había sido el mayordomo.)

LA DESESCOLARIZACIÓN DESDE LA ESCUELA

by Manuel Carballo

Todo el tiempo los docentes estamos lidiando con los baches del sistema educativo. Nos tocan alumnos que han circulado por los planes de la ciudad, por otros provinciales, o extranjeros; heterogéneos en formación, patrimonio simbólico y experiencias de vida. De esta manera, nos vemos obligados no sólo a adaptar nuestra estrategia pedagógica, sino a intentar saldar ciertas deficiencias sin las cuales los nuevos conocimientos que tratamos impartir se harían imposibles de comprender.

Una anécdota que recuerdo, la última tal vez, es frente a un texto que me encontraba enseñando, cuyo título era “La muerte del autor”. Un alumno se me acerca con una observación simple y contundente: no había entendido nada. Cuando empezamos a repasar, los dos solos, para tratar de evitar que su vergüenza genuina lo afectara en su intención de solicitar que se le explicara de nuevo eso que le había pasado por completo de largo como si no le perteneciera, y comenzamos a desandar el argumento definitivo del autor, concepto por concepto, entendí lo que realmente sucedía. él no comprendía algo central, que provenía del título inicial: eso que se enunciaba como muerte era una metáfora, y él intentaba leerlo de manera literal. No se trataba de una muerte física, sino que era la desaparición simbólica de la figura del autor de lo que se estaba hablando. Recuerdo que respiré profundo tratando de ahogar con aire mi propio desconcierto y a través de una serie de ejemplos pudimos acordar de qué estaba tratando ese texto.

La pregunta que quedó flotando de esa experiencia es: ¿cuántas veces me habría pasado lo mismo? Es decir, creer que el simple sentido metafórico acordado estaba siendo leído de manera literal. Y, dejando ese texto de lado, cuántas otras veces había supuesto que el recorrido acerca de un tema estaba siendo comprendido, mientras que desde el título el resultado era desastroso.

Mi primera reacción fue repudiar el sistema educativo precedente: preescolar, primario y secundario. Después, despegándome de la frustración, pude pensar que la escuela, como cualquier institución, no es infalible. Pero no sólo eso, opera como explica un sociólogo de la educación en base al axioma: “de que el aprendizaje es el resultado de la enseñanza”. Ese alumno no podría operar en el mundo sin saber lo que era una metáfora, por lo menos si se trataba de un alumno que no estaba en pleno brote psicótico, imposibilitado de ver el mundo en un sólo nivel de significación. ¿Qué era lo que le impedía leer una metáfora como tal? La misma institución lo había acostumbrado a la literalidad que lo ubicaba en un papel tal, que, como si fuese una especie de esponja, solamente estaba impregnado de saber mientras más fielmente asimilara las salpicaduras desparramadas por el encargado de impartirlo.

Me permito citar: “...las escuelas dividen cualquier sociedad en dos ámbitos: ciertos lapsos, procesos, tratamientos y profesiones son “académicos” y “pedagógicos”, y otros no lo son. Así, el poder de la escuela para dividir la realidad social no conoce límites: la educación se hace no terrenal, en tanto que el mundo se hace no educacional”.

Illich, el autor de este fragmento, termina casi pidiendo la cabeza de las instituciones educativas. Yo soy más tímido para estas cosas, y creo que desde la misma institución, sin irnos todos de todos los ámbitos, podemos seguir generando alternativas para pensarla y modificarla. Y creo que el comienzo pasa por hacer conscientes y luego deconstruir algunas prácticas que tienden no a la formación sino al formateo desconsiderado, al bloqueo imaginativo, a buscar la respuesta conductual. Hay que tratar de enseñar que a la universidad se va a tener una experiencia de aprendizaje, no a aprender, así, con la fuerza concluyente del infinitivo. Que lo enseñado en la universidad puede ser criticado y contrastado con la experiencia del afuera, que todo conocimiento no es utilitario: el estímulo de las capacidades de abstracción es un fin en sí mismo, la mismísima fuerza que permite que no practiquemos las mismas técnicas sobre realidades cambiantes, sino que podamos pensar el hacer respecto de nuestras propias necesidades y las del entorno.

Creo que la desescolarización es un poco la desrobotización del alumno y el replanteo del rol del docente para lograrlo. Y no me refiero con este concepto a la utilización de por ejemplo una herramienta como una “guía de lectura” para acceder a un texto. No, no creo que marcar el sentido del conocimiento que se quiere impartir sea el problema. Creo que el problema surge cuando clausuramos, cuando excluimos otras formas de saber como experiencias válidas, cuando ignoramos los caminos alternativos hacia el conocimiento, cuando tratamos de fijar en el alumno su papel de tal y no intentamos convertirlo en un sujeto que pueda gestionar su propio saber.

La enseñanza de lo que no se sabe

Otra anécdota, ésta más interesante, es la que cuenta el filósofo Jacques Rancière, sobre un profesor francés que comienza a dar clases en una universidad holandesa. Muchos de sus nuevos alumnos no hablaban francés, y él no hablaba holandés, por lo que estaba bastante limitado en su enseñanza. A Jacotot, este es el nombre del profesor, se le ocurre entonces, dejarles a sus alumnos, en un periodo anterior al comienzo del curso, una edición bilingüe (francés-holandés) de un libro. No esperaba demasiado de esta experiencia, era tan sólo un intento, y bastante desesperado y azaroso –ya que se había encontrado por casualidad con la edición reciente de este libro– de intentar tener algún avance que le permitiera poder comenzar en un nivel más o menos aceptable el dictado de sus clases. Para su sorpresa, al terminar el plazo, sus alumnos habían conseguido redactar en francés las respuestas sobre el significado del texto que él les había dejado. Cotejando la correspondencia de las palabras y su ubicación, habían llegado a un léxico y una gramática. No tenían un manejo fluido de la lengua, pero estaban listos para empezar con lo necesario del curso. Jacotot, entonces, se hace una pregunta: ¿cómo es posible que ellos hayan aprendido sin que yo les haya enseñado cómo debían hacerlo?; y más aún, ¿cómo he enseñado algo que yo desconocía?

Creo que en esta anécdota hay algo que explica también en parte la pregunta inicial de este breve artículo, que tal vez vaya más allá de las que se hace Jacotot: ¿cómo puedo enseñar algo que intuyo que no saben, pero que no sé qué es? La manera de lidiar con los huecos que la institución va dejando en sus enseñanzas, con el anacronismo de los planes de estudio frente a la realidad simbólica, con las faltas de atención de los alumnos en los distintos momentos del trayecto educativo, es imposible que se logren saldar con la reposición del docente.

En la anécdota, Jacotot, interesa a sus alumnos, los desafía, les muestra un camino y les da su confianza que pueden lograrlo a través de las mismas consignas que les entrega para resolver el problema.

Lograr alumnos creativos y tratar de interesarlos para que afronten la resolución de problemas no exige necesariamente el clisé del docente-clown que debe interpretar papeles como si los alumnos estuviesen esperando entretenimiento. El docente es el mismo, lo que debe entenderse es que el discurso a manejar debe ser distinto.

No trataré acerca de una metodología, justamente creo que desde el espacio en el que estamos situados, se trata de buscarla y encontrarla y volver a empezar permanentemente. No es un tema sencillo, es un tema para pensar y para intentar actuar al respecto, cada día en el aula, con el desafío de un auditorio en el cual debemos generar a la vez de las inquietudes acerca del tema tratado, una intención de pensarse como sujetos de conocimiento, pensar su práctica profesional, la institución que la brinda y lograr buscar y encontrar un camino hacia el aprendizaje.

unamiradaindicial.blogspot.com

Non-resident curfew

Civismo’s latest addition

by Sara Custer

In the latest updates to the Civismo laws, Barcelona Mayor Jordi Hereu announced last Friday that the city will enforce a curfew for all non-residents. The decision came after a recent special assembly of the Generalitat during which Jose Montilla and other lawmakers brainstormed ideas to rid the streets of Barcelona of late-night wanderers without damaging the city’s touristic appeal.

The growing numbers of tourists on the streets of Barcelona over the past seven years has corresponded with increases in theft, vandalism, and overall cantankerousness in city residents. Police reports show that the majority of thefts take place on the Ramblas between the hours of 12:00 and 4:00, with 80% of victims being non-residents under the influence of alcohol. In addition, cleaning up broken shop windows, amateur graffiti, urine-filled corners and beer-can-carpeted streets amounts to more than 30% of the city’s maintenance budget. “After looking at the numbers, it was clear,” stated Hereu. “It costs more to let them –I mean visitors to Barcelona– run free in the streets than it would to implement this curfew.”

The city has plans to place special law enforcement officers around the metropolis to monitor tourist activity. Any person found drinking sangría from a goblet, “barhopping,” singing football hymns, being attacked by prostitutes, skateboarding, or bartering with beer vendors on the streets after 11pm will have to show proof of residency. In addition, shuttle buses from Camp Nou to respective hotels will be provided on home game nights.

Critics of the ordinance claim that it is a breach of civil liberties. One baffled English weekender, asked how he felt about the new law, replied, “Oi, those coonts. You must be taking the piss, right?” No indeed. As Montilla argues, “We’re just protecting [the nonresidents] from becoming victims of foreign streets. We will no longer turn a blind eye to the harm they are doing to themselves and the citizens of Catalunya’s capital.”

Not wanting to affect tourists’ fun and Barcelona’s economy, the new law’s chief guiding principle is the maintenance of a “harmonious relationship between Barcelona citizens and tourists.” The curfew hours allow maximum advantage to be taken of the city. Visitors will still be able to go shopping, eat ice-cream, take photos, watch street performances, get in on 2-for-1 drink deals before 22:00, and wake up early enough to take advantage of the first bus tour at 8:00. “Except now they won’t interrupt everyone else’s flow,” adds Montilla.

It appears that heading off the proverbial “cramping” of the Catalan style may result in increased bar revenue. One supporter of the policy said, “Now I can go out more often without having to maneuver through crowded streets, wait in lines and give directions.” Another asked, “Does this mean the price of mojitos will drop?”

Moreover, it’s not just Catalan patrons who are optimistic about the new policy. Marc Puig, owner and operator of a popular, centrally located bar, expressed relief at no longer having to strain to hear strange drink orders in English or, worse, broken Spanish. The only businesses that may take a hit are late night kebab restaurants and rose vendors. When asked to comment, one man responded only by shoving a blinking rubber ring in our faces and saying, “One Euro.”

The legal consequences for breaking curfew are still under debate between lawmakers. Possible options include warnings, fines, law enforcement chaperones in hotels or rented apartments, deportation and banishment. Hereu concluded, “We know some changes will have to be made over time, but we’re committed to giving the streets back to tax-paying citizens.”

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