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Un cadáver en un sofá. Un cuerpo de fémina,
desnudo, plácido, con sus joyas. Ningún
signo de violencia. Una bolsa de plástico en
la cabeza. La escena del crimen carecía de
objetos personales de la víctima; al lado del
cuerpo del delito, una peluca negra y unas
botas se ofrecían como único resquicio para
investigar el macabro suceso, acaecido en
unos apartamentos de alquiler por días en
el número 36 de la gracienca calle Camprodón.
El transcurrir del frío febrero daría más
indicios para resolver el enigma. La autopsia
heló. Se encontraron diferentes restos de semen
en la boca y en la parte externa de la vagina.
Todos estos detalles, propios de un suicidio
o un crimen sexual, crearon más caos
cuando una denuncia de desaparición a fecha
de 18 de febrero de 2008, tres jornadas
antes del fatídico hallazgo, permitió que se
identificara a la joven. Ana María tenía 35
años. Creativa, familiar, afectuosa y responsable,
era feliz con su pareja y nada presagiaba
fracturas en su integridad.
La nada es relativa. Es necesario ahondar
en ella para sacar útiles pesquisas. Las cámaras
de seguridad de una oficina bancaria
de Mataró permitieron ver la última y suculenta
extracción monetaria de la fallecida.
Algo no cuadraba: una peluca morena. Su
asombroso parecido con la del lugar de los
hechos fue la primera brisa de luz, acrecentada
al declarar el novio de Ana María que la
mujer del cajero automático le recordaba a
una de las personas que había visto en el entierro:
María Ángeles Molina Fernández, Angie
para sus amigos. Preocupada por su imagen,
ambiciosa y presumida, era responsable
de personal de una empresa textil del Poblenou,
donde conoció a Ana María. Se hicieron
amigas, y el despido de la futura víctima
mediante un ERE no fue obstáculo para seguir
frecuentándose entre cenas y encuentros.
Lo que no podía saber la asesinada es
que durante más de dos años Angie suplantó
su identidad para contratar préstamos
superiores a veinte mil euros y pólizas de
vida en que la beneficiaria era una tercera
persona. No piensen en Orson Welles. La última
parte del terceto ignoraba todo de la
sangrienta y maquiavélica trama. Asimismo,
Angie disponía de un teléfono móvil
sólo para realizar sus gestiones bancarias.
Angie gozaba de un estupendo nivel económico.
No necesitaba más, y sin embargo
algo se activó en su cerebro. Delirios de
grandeza, caprichos de querer impresionar
a sus colegas del gimnasio Arsenal, club de
rompe y rasga en Sant Gervasi. Mantener
cierto estatus tiene sus costes. Matando a
Ana María podría cobrar los seguros y enriquecerse.
Planificó todo al milímetro. Se despertó,
confirmó la cita con su amiga para cenar, se
atavió con su máscara capilar y alquiló el
apartamento por tres días. Su siguiente movimiento
fue crucial, clave en su supuesta
perfección. Acudió a la compañía American
Gigoló y contrató a dos prostitutos. Les pidió
que se masturbaran y dejaran su semen
en unos frascos. Dijo que quería impresionar
a sus allegadas. Se fue de la habitación
del aparthotel y esperó que cumplieran con
su cometido.
Debieron ser veinticuatro horas de vértigo.
La penúltima acción fue ir y volver de
Zaragoza para recoger las cenizas de su difunta
madre, viaje cínico antes de propiciar
un billete sin retorno. En Barcelona cenó
con su amiga, la durmió con un veneno, la
desnudó y finalmente, la inseminó. La mató
por asfixia, fijándole la bolsa de plástico con
cinta aislante.
Los chicos de compañía la reconocieron.
Fue detenida y no quiso explicar su versión
de los hechos. Cumple condena y tuvieron
que trasladarla de la prisión femenina de
Wad Ras a Brians cuando sus compañeras
de reclusión supieron quien se escondía
bajo, paradojas del destino, el falso nombre
de Marian. Su actual demora la ha vuelto
una mujer meticulosa, con la misma obsesión
de siempre por mantener un buen tipo.
Come yogures. Juega al Sudoku. No asiste a
funerales. Angie.
Guió: Jordi Relaño // Dibuixos: Iván Córdoba
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