BCN WEEK | Barcelona's Alternative Newsweekly
Vol 1, No 72 | February 12, 2009

Boomtown Cogs
Raúl Muniente Sariñena


La Cruz Verde
Anna Gurney


Voice Over
Simon Friel


Matar en Barcelona
Jordi Corominas i Julián


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Christian Schallert


Fem Pais
Núria Ferrer & Jordi Corominas i Julián


La Fatxa
Isolda Dosrius Déulafeu


La Cuina Guarra
Tiffany Carter


Chispa Ibérica
Judith Alarcón Bardera


Artist Testing
El Staff

Angie

by Jordi Corominas i Julián

Un cadáver en un sofá. Un cuerpo de fémina, desnudo, plácido, con sus joyas. Ningún signo de violencia. Una bolsa de plástico en la cabeza. La escena del crimen carecía de objetos personales de la víctima; al lado del cuerpo del delito, una peluca negra y unas botas se ofrecían como único resquicio para investigar el macabro suceso, acaecido en unos apartamentos de alquiler por días en el número 36 de la gracienca calle Camprodón. El transcurrir del frío febrero daría más indicios para resolver el enigma. La autopsia heló. Se encontraron diferentes restos de semen en la boca y en la parte externa de la vagina.

Todos estos detalles, propios de un suicidio o un crimen sexual, crearon más caos cuando una denuncia de desaparición a fecha de 18 de febrero de 2008, tres jornadas antes del fatídico hallazgo, permitió que se identificara a la joven. Ana María tenía 35 años. Creativa, familiar, afectuosa y responsable, era feliz con su pareja y nada presagiaba fracturas en su integridad.

La nada es relativa. Es necesario ahondar en ella para sacar útiles pesquisas. Las cámaras de seguridad de una oficina bancaria de Mataró permitieron ver la última y suculenta extracción monetaria de la fallecida. Algo no cuadraba: una peluca morena. Su asombroso parecido con la del lugar de los hechos fue la primera brisa de luz, acrecentada al declarar el novio de Ana María que la mujer del cajero automático le recordaba a una de las personas que había visto en el entierro: María Ángeles Molina Fernández, Angie para sus amigos. Preocupada por su imagen, ambiciosa y presumida, era responsable de personal de una empresa textil del Poblenou, donde conoció a Ana María. Se hicieron amigas, y el despido de la futura víctima mediante un ERE no fue obstáculo para seguir frecuentándose entre cenas y encuentros.

Lo que no podía saber la asesinada es que durante más de dos años Angie suplantó su identidad para contratar préstamos superiores a veinte mil euros y pólizas de vida en que la beneficiaria era una tercera persona. No piensen en Orson Welles. La última parte del terceto ignoraba todo de la sangrienta y maquiavélica trama. Asimismo, Angie disponía de un teléfono móvil sólo para realizar sus gestiones bancarias.

Angie gozaba de un estupendo nivel económico. No necesitaba más, y sin embargo algo se activó en su cerebro. Delirios de grandeza, caprichos de querer impresionar a sus colegas del gimnasio Arsenal, club de rompe y rasga en Sant Gervasi. Mantener cierto estatus tiene sus costes. Matando a Ana María podría cobrar los seguros y enriquecerse.

Planificó todo al milímetro. Se despertó, confirmó la cita con su amiga para cenar, se atavió con su máscara capilar y alquiló el apartamento por tres días. Su siguiente movimiento fue crucial, clave en su supuesta perfección. Acudió a la compañía American Gigoló y contrató a dos prostitutos. Les pidió que se masturbaran y dejaran su semen en unos frascos. Dijo que quería impresionar a sus allegadas. Se fue de la habitación del aparthotel y esperó que cumplieran con su cometido.

Debieron ser veinticuatro horas de vértigo. La penúltima acción fue ir y volver de Zaragoza para recoger las cenizas de su difunta madre, viaje cínico antes de propiciar un billete sin retorno. En Barcelona cenó con su amiga, la durmió con un veneno, la desnudó y finalmente, la inseminó. La mató por asfixia, fijándole la bolsa de plástico con cinta aislante.

Los chicos de compañía la reconocieron. Fue detenida y no quiso explicar su versión de los hechos. Cumple condena y tuvieron que trasladarla de la prisión femenina de Wad Ras a Brians cuando sus compañeras de reclusión supieron quien se escondía bajo, paradojas del destino, el falso nombre de Marian. Su actual demora la ha vuelto una mujer meticulosa, con la misma obsesión de siempre por mantener un buen tipo. Come yogures. Juega al Sudoku. No asiste a funerales. Angie.

Guió: Jordi Relaño // Dibuixos: Iván Córdoba

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