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La historia de Antonio Heredia Amaya es la
de uno de los delincuentes más ignorados de
la reciente historia criminal barcelonesa.
Absuelto por un jurado popular de la acusación
de asesinar brutalmente a una mujer
de 43 años, su nombre volvió a reaparecer
en las crónicas en febrero de 2006 al secuestrar,
violar y torturar junto a un amigo a un
par de prostitutas que desafiaban la nueva
ordenanza de civismo al desarrollar el oficio
más antiguo del mundo en la vía pública. Sus pocas entradas en la red de redes indican que pese a la brutalidad de sus actos, Heredia no cometió ningún crimen mediático, de aquellos que marcan época. El Putxet, el Maremagnum o el crimen de la indigente, por mencionar algunos de los casos aparecidos en esta columna, tuvieron mucha más difusión, pero quizá ninguno de sus actores aúna tanta versatilidad literaria como la de nuestro protagonista, triste calidoscopio andante de negra memoria, real y literaria.
Dotado de escasa inteligencia, afectado
de trastornos psíquicos, Heredia nace para
la crónica negra la noche del 3 al 4 de mayo
de 2000. La escena ocurre en un barrio agradable
y desconocido: Roquetas. Muchos son los barceloneses que nunca han pisado su asfalto, como si esta periferia deprimida de empinadas pendientes fuese una frontera maldita al estilo de la Roma borgatara de Pasolini, un tercer mundo dentro de la opulencia occidental. Bloques de pisos con penuria y pizcas de esperanza.
Nicolasa
Valencia vivía en la zona desde su nacimiento.
Tenía un hijo de 22 años, mantenía una
relación inconstante con un hombre y
cobraba una pensión de invalidez permanente. Muchos vecinos la consideraban una persona amable y cariñosa, mientras otros no la veían con tan buenos ojos por sus devaneos con la droga y el alcohol. Se separaba poco de Iris, un bóxer femenino que la acompañó en sus últimas horas, primero en un bar y luego, junto a cuatro hombres, en el parque del Ateneo, donde tocaron la guitarra y cantaron.
Uno de sus amigos era Antonio Heredia
Amaya, y es muy fácil imaginarlo como el capotiano Perry Smith, personajes similares por juventud, pocas luces y amor por la música.
El día del crimen ambos se divirtieron
con otros conocidos. Pasaban las horas.
Nico decidió irse a casa de su novio Paco.
Alguien la siguió, alcanzándola a la altura de
la calle Llopis con el Pas de les cireres, un estrecho
callejón. El asesino la golpeó contra
un borde saliente del muro, la dejó inconsciente
y siguió golpeándola con un ladrillo,
sin importarle que estuviera ya muerta.
Quería desfigurarla. El agresor movió el
cadáver dejando una estela de sangre y
masa encefálica. A la mañana siguiente Iris
ladraba al lado del cuerpo.
Antonio Martínez Heredia fue detenido
una semana después y pasó más de año
y medio en la cárcel. Fue juzgado en 2002 y
declarado inocente por cinco votos a cuatro.
Su cazadora salpicada con escasas manchas
de sangre sólo mostraban que había estado
en la escena del crimen.
En 2005, con un cuarto de vida a sus
espaldas, tenía antecedentes por hurto, daños,
incendio y lesiones. Una joya que conoció
de fiesta a otro perla, Pedro Alarcón García.
A las cinco de la madrugada del 12 de noviembre
de 2005 conducían una furgoneta
azul por la Ronda de Sant Pau. Vieron a una
prostituta que volvía de trabajar. La mujer se
mostró confiada, dándoles indicaciones
para llegar a un sitio. De repente, el infierno.
Uno de los dos jóvenes le puso una navaja
en la espalda mientras la cogía del brazo.
Como se resistía le pegaron un puñetazo
que le rompió la nariz. La instalaron en la
parte trasera de la furgoneta, con moqueta y
unos aparatosos altavoces donde sonaba la
música de Los Chichos. Robo, paliza y violaciones.
Muchas. La mujer perdió la noción
del tiempo. La encontraron abandonada en
Plaza Lesseps.
El 24 de diciembre volvieron a repetir
batida. Fueron al Camp Nou, núcleo duro
de la prostitución barcelonesa, donde, por
dinámica del oficio, no es anormal ver que
un hombre saque la cabeza desde la ventanilla
de una furgoneta para pedir y pagar un
servicio. Alarcón hizo de cebo y Heredia
Amaya quiso volver a repetir su pútrida melodía.
La víctima resistió y en el forcejeo,
pese a los golpes recibidos, logró dar una
patada que rompió la llave de contacto, parándose
el vehículo entre Diagonal y Gregorio
Marañón, donde un coche de policía estacionaba
para realizar controles de alcoholemia.
Los agentes vieron a una mujer que
clamaba socorro y a dos hombres enloquecidos
cargados de agresividad. Heredia
Amaya ingresó directamente en prisión,
mientras Alarcón salió al instante del calabozo
gracias a un documento del Ministerio
de trabajo y asuntos sociales que demostraba
su permanente incapacidad psíquica.
El 5 de febrero de 2006 la primera agredida
estaba en los juzgados de Barcelona por
unos trámites cuando vio a Pedro Alarcón.
Lo reconoció como el causante de su incubo,
gritó para que los Mossos lo detuvieran y
así sucedió, sin que ningún papel lo salvara
de las rejas.
El segundo caso de Antonio Heredia Amaya, de quien nos gustaría saber más de su infancia y adolescencia, tiene características que le acomunan a personajes ficticios y reales. Su secuestro de meretrices recuerda en demasía a la detallista novela de Bret Easton Ellis, American Psycho, popularizada en el celuloide con Christian Bale en el papel de Patrick Bateman, asesino yuppie del Nueva York de los ochenta que usaba, con mas sádica sutileza, un método parecido al del delincuente barcelonés. Por su parte, el delito de Pietro de Negri, il canaro della magliana, en la Roma de 1988 también comparte el componente musical. Un hombre por burlas y traiciones de un boxeador acabo degollándolo en una jaula de perros. Su equipo de alta fidelidad sonaba hasta los topes para que nadie se enterase de su lenta e implacable venganza a base de cortes y cocaína. Canciones para el mal con acordes repetidos.
Guió: Jordi Relaño // Dibuixos: Juan Molina
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