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El miércoles 21 de febrero de 2007, a
eso de las tres y cuarto de la tarde,
David Zafra estaba en la entrada del
metro de Navas cuando, de repente,
un rayo de sol se posó en su reloj. El
joven, que llevaba varios días durmiendo
en un banco cerca de la prisión
Modelo, miró al cielo y vio una
nave extraterrestre de la que descendió
un marciano. Tenía sus mismos
rasgos. Le suplantó la personalidad,
bajó al andén de la línea roja y
empujó a un hombre justo cuando
llegaba el tren de las 15:20 minutos.
Así contó el psiquiatra de la prisión
una de las versiones del crimen del
subsuelo.
El miércoles 21 de febrero de
2007, a eso de las tres y veinte minutos
de la tarde, David Zafra fumaba
un porro en las escaleras de la estación
de Navas cuando, de repente,
apareció un hombre que le clavó un
cuchillo en el cuello. Le obligó a ponerse
una chaqueta con capucha y
una mochila. Cuando el flaco con
perilla y pelo corto se esfumó, llegaron
varias personas corriendo. Agarraron
al pobre David, aún aturdido
ante la velocidad de los acontecimientos,
y le señalaron por algo
que, en principio, no había cometido.
“Ha sido ése, ha sido ése.” Así
comentó los hechos David Zafra en
el juicio que le condenó a 15 años y
seis meses de cárcel como autor del
asesinato con la circunstancia agravante
de disfraz y la atenuante de
una anomalía psíquica. El servicio
en la línea 1 se paró durante seis minutos
salvo en el tramo Sagrera-Navas-
Clot, donde la incidencia se solucionó
a las cinco y dos minutos de
la tarde.
El miércoles 21 de febrero, a eso
de las tres y cuarto de la tarde, David
Zafra accedió al metro de Navas. Era
imposible distinguir su rostro. Una
capucha moderna pero monacal lo
mantenía en el anonimato. David
tenía 29 años y muchos problemas.
Desde que en 1998 le diagnosticaron
esquizofrenia había pasado breves
temporadas en hospitales de
Sant Boi y Santa Coloma. El excesivo
consumo de alcohol y drogas,
paraísos artificiales que abren las
puertas del olvido, le hacía tener
graves lagunas de memoria. Poco
sabemos de sus pasos en la vida.
Los días previos al crimen, siempre
según sus propias palabras, almorzaba
en un comedor social, reposaba
en la calle y disponía de poco dinero
en efectivo. Sus dificultades no
hicieron sino acrecentarse cuando
dos días antes del asesinato fue a un
centro psiquiátrico. Pidió ser ingresado
porque se encontraba mal. Los
responsables del hospital le expulsaron
acusándole de buscar un lugar
donde dormir. Sin sus medicinas
se sentía como un alma en pena
capaz de pensar en el suicidio. La
enfermedad apretaba.
Aún no ahogaba.
Una de las grandes fantasías humanas
es vivir, aunque sea durante
pocas horas, en el cuerpo de una
persona diferente. Al no poder hacerlo,
por mucho que la psiquiatría
estudie los procesos mentales, entender
en su complejidad la mente
de un esquizofrénico es casi misión
imposible.
Joaquín Argegalet tenía 52 años,
una hija que quería con locura y un
trabajo en la ONCE como vendedor
de cupones. Era sordomudo y cada
jornada hacía el mismo recorrido
desde su hogar en Navas hasta la
avenida Madrid, donde desarrollaba
su labor. Suponemos que a las
15:20 minutos del 21 de febrero de
2007 Joaquín atendía la llegada del
tren como cualquier otro pasajero.
Las imágenes de las cámaras de seguridad
hielan la sangre. Detrás de
él, un hombre alto, más bien delgado,
que oculta su faz en una capucha,
se mantiene inmóvil, expectante.
Cuando el vagón del
conductor irrumpe en la estación
pasan uno, dos segundos. El encapuchado
podía tener trastornos,
pero la elección de su víctima hace
pensar en algo premeditado. No se
conocían. La opción más probable
sitúa a David intuyendo que Joaquín
tenía alguna discapacidad.
Lo empujó. El tren ocupa casi
todo el plano. Se oye un grito. Al
instante se apagan las luces. Los
usuarios del otro andén se apartan
asustados. David corre como un lince.
Llegó hasta el exterior del recinto,
donde varios ciudadanos lo retuvieron
hasta la llegada de los Mossos
d’Esquadra. Joaquín Argegalet murió
como consecuencia de la acción
de su asesino: cayó a la vía. El tren lo
arrolló. Sufrió múltiples lesiones
que le causaron insuficiencia respiratoria.
El crimen del metro no puede
enmarcarse dentro de la normalidad
de la crónica negra. Cada año
suceden desgracias que el servicio
metropolitano suele ocultar hasta si
le preguntan directamente por las
estadísticas de decesos en sus instalaciones.
Aún así el inconsciente colectivo
del barcelonés vive, como
todo el mundo occidental, hipnotizado
por las imágenes audiovisuales,
Biblia moderna que aumenta su
poder si muestra un espacio cotidiano
como es la ciudad subterránea
que usan miles de personas
para desarrollar sus actividades. El
metro es una casa de todos, donde
muchos pies han circulado por el
mismo suelo. Mancillarlo con una
muerte tan absurda como premeditada
es herir la voz común que nos
hermana en la ciudadanía.
Dibuixos: Nil Bartolozzi // bartolozzinil.blogspot.com
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