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Selling
Templos de lo barato
by Iñigo Mielgo Salcedo & Martín Frasso (photo)
Uno de los trucos del presente es que hayamos
individualizado la culpa y que los fallos
estructurales se vivan como problemas que
nosotros mismos nos hemos auto-creado. En
la sociedad de la disciplina uno de los trucos
más presentes es hacernos sentir mal para
que nunca estemos completamente satisfechos
con lo que adquirimos y de este modo
estimular una insaciable sed por lo material
llena de contradicciones. Esa sensación es
fácilmente perceptible cuando a veces llegamos
a acusarnos unos a otros de estar destruyendo
el planeta por comprar un plátano de
monocultivo, o cuando saciamos nuestras
ganas de comer algo dulce tragando un chocolate
no solidario. Tenemos tan interiorizada
esa sensación, que las emociones negativas
fluyen cada vez que tomamos en nuestras
manos un producto lleno de grasa industrial,
de edulcorantes artificiales o un producto
genérico cuya batería dura menos que la del
que pretende imitar. Hay lugares que son
proclives a abastecer al gran público de estos
productos de baja calidad, sabor dudoso o
uso defectuoso. Comprar en estos templos de
lo barato parece que estigmatiza a algunos/
as, y dicho estigma crea por añadidura una
microtendencia de consumidores de la que el
supermercado Lidl es digna madre. Esta microtendencia
sería la del comprador/a reticente
a un montón de estrategias publicitarias
y al que, independientemente de su motivación
por frecuentar dicho super, sólo le interesa
lo más barato. Y eso, en los tiempos que
vivimos, nos parece una muestra de clara
valentía. Primero, porque muchas veces los
productos son tan buenos o malos como
cualquier otro, no olvidemos que habitualmente
lo más pernicioso para el medio ambiente
son los envoltorios de los productos,
hecho que comparten productos ecológicos y
no ecológicos. Segundo, porque mucha de la
gente que allí encontramos no tiene la oportunidad
ni ha sido educada para poder elegir
otros productos, aunque bien pensado ¿para
qué comprar otros? Y por último, porque la
incomodidad que se siente en esos supermercados,
incomodidad que es una estrategia
de marketing hecha a conciencia, hace de
esos espacios un santuario en el que encontramos
la realidad más candente y tendenciosa,
vetando el acceso a aquellos/as individuos
más cotidianos, aquellos/as que frecuentan
las grandes superficies de lo políticamente
correcto.
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